Presbiterio del templo

El corazón de todo templo lo constituye el presbiterio, el «lugar reservado a los presbíteros», donde ellos realizan diariamente la tarea más excelsa: reciben «la ofrenda del pueblo santo para presentarla a Dios», como dice el obispo en la ordenación sacerdotal, mientras el ordenando sujeta la patena y el cáliz que le ha ofrecido el obispo. Esa ofrenda de pan y vino son los dones de la última cena, que Cristo tomó para instituir el Sacramento memorial de su pasión y muerte. Y, para que todos los creyentes a lo largo de la historia participáramos de aquella entrega salvífica y redentora de un Amor perfecto sin medida, quiso que la eucaristía fuera el lugar en que se renovara esa entrega, aportando a los creyentes —y sobre todo para el propio sacerdote celebrante— el modo concreto de unirnos cada día a esa ofrenda, estando muy pegaditos al cáliz y la patena. Instituyó el sacerdocio ministerial como medio que perpetuara su pasión, muerte y resurrección y, de ese modo, se congregara la Iglesia y viviera unida a su Fundador. El obispo, en el rito de la ordenación sacerdotal, le indica al nuevo sacerdote su programa de vida para llevar una vida fecunda según la voluntad de Cristo: «Considera lo que realizas e imita lo que conmemoras, y conforma tu vida con el misterio de la cruz del Señor». No se puede resumir mejor la esencia del sacerdocio ministerial.

La sagrada liturgia es memorial (en griego se dice «anamnesis»), pero no un recuerdo: es algo así como una actualización, una repetición constante de las obras y palabra de Cristo que las hacen eficaces, salvíficas. Los sacramentos traen a Cristo a nuestro presente, y mediante la liturgia, volvemos al pasado, cuando el Señor realizó esa salvación mediante la Pascua (pasión, muerte y resurrección). Los sacramentos, especialmente el de la eucaristía, son una especie de realidad espacio-temporal que une y atraviesa constantemente el presente, el pasado y el futuro, y así, la redención de Cristo abarca toda la historia. Esta es la esencia del sacerdocio ministerial: darle voz y manos a Cristo a través de los siglos.

Como es lógico, esta presencia única de Cristo en el sacerdote se ha manifestado de modo inefable en los lugares donde se celebran los sacramentos, y sobre todo en un lugar específico: el presbiterio. Los elementos que lo conforman son únicos:

ALTAR.  El altar representa a Cristo mismo, la roca que da consistencia a la Iglesia; encima, se ofrecen diariamente el pan y el vino, que también se transforman en Cristo mismo; esa ofrenda al Padre la realiza el sacerdote que, por el sacramento del orden, es configurado con el mismo Cristo. Por eso, se afirma que Jesucristo es a la vez sacerdote, víctima (ofrenda), y altar.
El rito de la consagración de la iglesia tiene su culmen en la unción de la piedra del altar con el santo crisma: todo el altar es ungido, y el obispo se suele poner perdido de aceite santo. Es la unción del óleo del Espíritu Santo que consagra el templo (de modo semejante, cada cristiano es ungido con el santo crisma en el sacramento del bautismo, aunque la cantidad de crisma usado es infinitamente menor). Desde ese momento, el altar y el templo ya están consagrados al Señor y se pueden celebrar a allí los sacramentos de la gracia.

AMBÓN. Desde el ambón, Cristo, el Verbo hecho carne, revela incansablemente su mensaje y su designio revelado en lenguaje humano a través de la Sagrada Escritura. De este modo, escuchamos sus palabras, que son para nosotros «palabras de vida eterna» (Jn 6,68), de dulzura indecible y firmeza inamovible. La homilía nos recuerda la constante tarea de Cristo de enseñar el evangelio a todos los hombres.

SEDE. El sacerdote, «in nomine Christi», preside en el amor a la comunidad cristiana, con la misma autoridad del Señor, que pastorea a su grey y la congrega en torno al corazón de la Iglesia: la presencia del Señor en la eucaristía. La sede nos recuerda a Jesucristo como Pastor, como Rey o Gobernante único.

El altar, el ambón y la sede nos recuerdan el triple ministerio de Cristo: Sacerdote que en el altar entrega la ofrenda, que es Él mismo; Profeta que nos revela a Dios mismo y nos lo explica; Rey, que pastora a su pueblo y lo conduce con la autoridad del amor. De este triple ministerio nacen las tres grandes acciones que realiza la Iglesia: la celebración de los sacramentos que santifican (sacerdocio); la catequesis y la evangelización (la profecía); y la acción de la caridad (rey y gobernante). Toda labor de la parroquia queda enmarcada en alguno de estos ministerios. Es la estructura del Derecho Canónico cuando trata de las tareas del obispo y del párroco. Se añade otra tarea, más secular y funcional —pero muy necesaria—, que es la de la administración de los bienes.

SAGRARIO. El presbiterio también guarda un cuarto tesoro: la Presencia en el tabernáculo. Originalmente, la reserva del Santísimo se hizo para llevar después la comunión a los enfermos, pero terminó formando parte de la esencia del templo católico, favoreciendo con ello un lugar único para la adoración y la oración. Aunque Dios está en todas partes, en el tabernáculo hay una presencia personal única que no se da en la creación. La oración y adoración del Santísimo, tanto dentro del sagrario como expuesto en la custodia, ha de ser el lugar ordinario de nuestra intimidad con Él. Y si no podemos ir, vamos con la mente, y nos lo imaginamos.

PRECONCILIO. El presbiterio de nuestra parroquia se construyó siguiendo las normas litúrgicas previas al Vaticano II: un altar mayor de granito muy oscuro y enormes dimensiones, pegado al retablo y no rodeable, dispuesto para que el sacerdote celebrara «coram Deo» y de espaldas a los fieles, con sagrario en el centro y un enorme expositor encima. A los lados del sagrario, un graderío para crear las «cortinas» de velas típica de la época. Flanqueando todo el conjunto, quedaban las credencias. El ambón era doble: uno para el evangelio y otro para la epístola, uno en cada extremo del presbiterio. La reja del presbiterio separaba el Sancta Sanctorum del resto del templo.

POSCONCILIO. Con las nuevas normas litúrgicas del Concilio, se procedió a realizar un retoque del presbiterio, añadiendo o transformando algunos elementos ya existentes: se puso un altar exento (rodeable); se rompieron las escaleras del altar para ubicar la sede; se quitaron las gradas de velas; el expositor bajó de posición y se convirtió en el sagrario; se bajó un poco el Cristo; se dejó de usar el «ambón» de la epístola y se decoró con piedra el del evangelio, convirtiéndose en el único ambón. En épocas más actuales, se quitó la reja que separaba el presbiterio.
Por todo lo dicho, no podemos hablar de una reforma como tal, sino de una alteración. El resultado podría haber sido más satisfactorio de haber acudido a materiales más acordes con los ya existentes. Quizá haya que pensar en llevar a cabo una verdadera reforma del presbiterio que armonice el conjunto: en realidad, ni se suprimió lo antiguo, pero se alteró, ni se acomodó de modo satisfactorio lo nuevo.

RETABLO. Los retablos son la explicación de la Escritura hecha arte, están unidos al altar. Nos introducen en los misterios de la salvación, sobre todo centrando la mirada en el misterio pascual de Cristo: en el presbiterio ha de estar siempre presente un crucifijo. El gran retablo de Manuel Ortega recoge el corazón de la historia de la salvación: el sacrificio del Cordero que, con su sangre entregada, realiza la nueva y definitiva Alianza de Dios con los hombres. Desde la entrada triunfal del Domingo de Ramos en el piso inferior hasta el santo entierro del superior, se recorren las escenas de la pasión y muerte. En el centro del retablo, reclamando las miradas, el Santísimo Cristo de la Victoria  pendiente de la cruz, nos recuerda que sacramentalmente eso que vemos en forma de arte, sucede sacramentalmente como memorial. Los retablos reclaman la mirada de quienes entren en un templo santo para que miren al Señor y los prodigios que realizó antaño y sigue realizando hoy. 

NOVEDAD. Con motivo de la creación de nuestros columbarios (para ver la preciosa web, pulsa aquí), hemos añadido un elemento nuevo. Para cerrar las tribunas que dan al presbiterio, se han hecho dos vidrieras, que contienen dos dibujos: el Padre y el Espíritu Santo. Con esto, añadimos a nuestro presbiterio una catequesis que faltaba: la divina liturgia que se celebra en el presbiterio es una acción constante de Dios-Trinidad, que nos llama a estar con Él, nos redime y nos santifica. Toda la liturgia está impregnada de esta referencia a la Trinidad Beatísima: toda oración la dirigimos al Padre, por medio de nuestro Abogado, que es su Hijo Jesucristo. Y toda oración no podemos hacerla si no es por la acción en nuestro corazón del Espíritu Santo Paráclito. Dios-Trinidad es la esencia de la liturgia: todo al Padre, por el Hijo, en el Espíritu Santo.

La vidriera del Padre le representa con el habitual triángulo, icono trinitario por antonomasia, pero con un contenido original: las letras en arameo reproducen el término coloquial con que Jesús llamaba a San José: «papá», «abbà». Aunque no lo dicen los evangelio, es la primera palabra que dijo Jesús al año de nacer. Ya de adulto, trascendió al patriarca para llamar a sí al Creador de todo: su Padre Eterno.

La vidriera del Espíritu Santo centra la atención en la paloma, figura que aparece en el Bautismo del Señor. En posición batiente, está haciendo fuerza con sus alas para que desciendan sobre su Iglesia los siete dones, que  están debajo.

En el centro del retablo, el Santísimo Cristo de la Victoria pendiente de la cruz, muerto y alanceado, nos recuerda el sacrificio que ofrece el Hijo al Padre para la salvación de toda la humanidad.

Pero como en este mundo, nuestra visión de Dios-Trinidad es limitada, San Pablo nos recuerda que los sacramentos que celebramos en este mundo son como si miráramos en un espejo. No podemos contemplar la realidad misma de lo que celebramos hasta que entremos en la visión beatífica del Cielo: «Ahora vemos como en un espejo, confusamente; entonces (vg. en el Cielo) veremos cara a cara» (1Cor 13,12). Este efecto espejo lo hemos querido plasmar en un detalle: el Padre queda a la derecha del Hijo, cuando debiera ser al revés. En efecto, mirado desde el cielo de la iglesia, es como queda bien situado Cristo: «sentado a la derecha de Dios, Padre Todopoderoso».