Capilla del Stmo. – Encuentro de Emaús

Capilla del Santísimo

Nuestra capilla del Santísimo es, sin duda, una joya del arte religioso de mediados de siglo XX. En este peculiar espacio, el mas cuidado de todo el complejo parroquial, se han esmerado en realizar los detalles en la arquitectura, la escultura, pintura y rejería. Es una obra de fe y amor a Jesús Eucaristía que ayuda a todo el que entra a vivir inmerso en una constante adoración del santísimo Sacramento. A lo largo de varios jueves eucarísticos nos fijaremos en algún detalle de este peculiar corazón de la parroquia.

Encuentro de Emaús

Hoy contemplamos la escena de Emaús, en el presbiterio de la capilla, a la derecha. Fue precisamente el evangelio de la misa de ayer. El mural, realizado en el mismo estilo cubista geométrico propio del autor, y presente en toda la iglesia, queda definido por dos grandes diagonales descendentes que cruzan el mural desde los vértices superiores de la superficie, un cuadrado perfecto: una atraviesa a Jesús, y la otra simula la luz solar entrando por la ventana.

Se plasma el momento en que Jesús «tomó pan, pronunció la bendición, lo partió y se lo dio». En ese instante, «a ellos se les abrieron los ojos y lo reconocieron».

Jesús mira al Cielo, a su Padre. Con la mano derecha está bendiciendo el pan con el gesto habitual con que le representa la tradición, de un alto contenido teológico: Cristo levanta la mano, pues toda bendición viene de lo alto; dos dedos levantados, el índice y el corazón, indican sus dos naturalezas, la divina y la humana; los otros tres dedos, el dedo anular y el meñique recogidos y agarrados por el pulgar, indican a la Santísima Trinidad.

En su mano izquierda el pintor destaca el pan con el fondo azul del manto. De este modo, se muestra el sacramento como una acción exclusivamente divina, en que la Trinidad interviene en el mundo, tomando algo creado, un poco de pan, pero transformándolo en el pan vivo que baja del cielo. Esta es la gran novedad de Cristo: ya no sólo nos bendice, sino que muestra a la Iglesia el modo en que se hace realmente presente. La eucaristía es la presencia misma del Resucitado en medio de su pueblo.
Al Espíritu Santo no se le muestra explícitamente en la pintura, pero le descubrimos invisible en la misma acción que se produce. De igual modo, al Espíritu no le vemos cuando Jesús realiza los milagros, pero esa acción milagrosa nos habla directamente de la acción invisible pero efectiva del Paráclito. Al Espíritu Santo se le ve poco: se ve, en cambio, los efectos de su acción. Y por esa acción del Paráclito, contemplamos que, en realidad, la escena de Emaús se prolonga en cada una de las eucaristías que se celebran en el mundo.

El instante de esa obra pictórica se refleja excepcionalmente en la plegaria eucarística I o canon romano, la única plegaria que había hasta el Concilio Vaticano II y con la que desde hace siglos la iglesia repite esa escena en el momento mismo de la consagración. El sacerdote comienza extendiendo las manos sobre el pan y el vino, el gesto sacerdotal de la epíclesis, indicando con ello la acción del Espíritu Santo Paráclito: «Bendice y santifica esta ofrenda, Padre, haciéndola perfecta, espiritual y digna de ti». Y acto seguido, acontece el relato de la consagración: Jesús «tomó pan… y, elevando los ojos al cielo, hacia ti, Dios, Padre suyo todopoderoso, dando gracias te bendijo, lo partió y se lo dio, diciendo….». Emaús es la primera eucaristía que se celebró después de resucitar el Señor, y la Iglesia aprendió el rito del mismo creador del Sacramento.

El segundo personaje es Cleofás, uno de los discípulos conocidos de la escena evangélica. Está sentado en la mesa. La mano derecha la pone en el corazón, plasmando de este modo su latido apasionado: «¿No ardía nuestro corazón mientras nos hablaba por el camino y nos explicaba las Escrituras?».

Pero está sentado en una postura extraña: el pié izquierdo representa una persona que se está levantando de la mesa, porque «levantándose en aquel momento, se volvieron a Jerusalén, donde encontraron reunidos a los Once con sus compañeros».

Por último, está el otro discípulo, cuyo nombre nos es desconocido, de espaldas, que apenas se muestra al espectador. En él podríamos estar todos representados. No obstante, tiene las manos más expresivas de toda la escena. Sobre todo la izquierda, que manifiesta el completo asombro de lo que contempla. Hoy le pedimos a Jesús que seamos nosotros ese personaje, y que cada eucaristía que celebramos sea para nosotros esa constante sorpresa. Esa mano es nuestro «¡Ahi va!» constante.