Capilla del Santísimo – Multiplicación de los panes

Capilla del Santísimo

Nuestra capilla del Santísimo es, sin duda, una joya del arte religioso de mediados de siglo XX. En este peculiar espacio, el mas cuidado de todo el complejo parroquial, se han esmerado en realizar los detalles en la arquitectura, la escultura, pintura y cerrajería. Es una obra de fe y amor levantada en honor a Jesús Eucaristía que ayuda a todo el que entra a vivir inmerso en una constante adoración del santísimo Sacramento. A lo largo de varios jueves eucarísticos nos fijaremos en algún detalle de este peculiar corazón de la parroquia.

Multiplicación de los panes

El milagro de la multiplicación de los panes y los peces lo relatan los cuatro evangelistas, cada uno con detalles particulares, aunque san Juan le da un relieve único en su evangelio: omitirá en la última cena la institución de la eucaristía, aprovechando este milagro para introducir el discurso del pan de vida y exponernos de ese modo la realidad sacramental del pan divino que, multiplicado por la acción divina y llevado por mano de los sacerdotes a la gente, alimentará de modo sobreabundante a cuantos crean en Él a lo largo y ancho del mundo.

La figura de Jesús ocupa el centro de la escena, y destaca por el gran contraste del haz de luz blanca diagonal junto con el blanco de sus vestiduras y el azul muy oscuro de su manto; se encuentra en un lugar alto, una especie de montecillo donde está con sus apóstoles, desde el que ha predicado a la gran multitud que aparece en la izquierda en segundo plano. El monte aparece numerosas veces en las Escrituras; además de algo práctico, para que puedan oírle un mayor número de gentes, teológicamente significa el lugar desde el que habla Dios: de hecho se le denomina el Altísimo. Para el pueblo judío, el monte Sinaí es el lugar de la revelación de la ley; la ciudad de Jerusalén está construida sobre el monte Sión, y es la «ciudad del gran Rey»; la transfiguración sucede en lo alto del monte Tabor, donde se escuchó la voz del Padre; Cristo es sacrificado en el monte calvario, y cerca de él resucita. El evangelista Mateo recoge las enseñanzas del Maestro en dos capítulos, denominados el «sermón de la montaña» (Mt 5-7). La cátedra de Cristo está en lo alto porque es el Verbo hecho carne, quien revela a Dios tal y como es en sí mismo a todos los hombres.

El apóstol que tiene detrás, inclinado delicadamente hacia el Maestro, va a poner su mano en el brazo derecho de Jesús, en una postura claramente de aviso privado, una indicación al oído: le aconseja que despida a la gente para que vayan a comer (Mt, Mc y Lc). La respuesta del Señor, en cambio, con su mano derecha, en dirección a la gran multitud, les pone en el mayor de los aprietos: «Dadles vosotros de comer».  El apóstol Juan es el único que le pone nombre a ese apóstol, aunque la indicación no la hacen los apóstoles, sino él mismo: Jesús «dice a Felipe: «¿Con qué compraremos panes para que coman estos?». Lo decía para probarlo, pues bien sabía él lo que iba a hacer» (Jn 6,5-6).

Este evangelista es el único que nos da un detalle más: «Uno de sus discípulos, Andrés, el hermano de Simón Pedro, le dice: «Aquí hay un muchacho que tiene cinco panes de cebada y dos peces; pero ¿qué es eso para tantos?».

El personaje imberbe de la derecha, de rojo, es el apóstol Juan, que en la escena del calvario se le representa tradicionalmente con un manto de ese color, símbolo de amor incondicional porque era «el discípulo amado», e imberbe por su juventud. Este imperceptible detalle de Manuel Ortega podríamos vincularlo a la única referencia artística que hay en la capilla del Santísimo a la eucaristía como sacrificio, dedicando este espacio exclusivamente a expresar la eucaristía como sacramento, es decir, como presencia real de Cristo; el autor ha desarrollado el aspecto sacrificio en el gran retablo del altar mayor del templo, presidido por el Cristo de la Victoria, muerto y alanceado.

Jesús tiene la cabeza ligeramente levantada: no mira a nadie de la escena, sino más bien al espectador. Parece estar bendiciendo los panes, «dando gracias», como mirando de reojo al cielo. Con la mano izquierda toca los peces. «Mandó a la gente que se recostara en la hierba y tomando los cinco panes y los dos peces, alzando la mirada al cielo, pronunció la bendición, partió los panes y se los dio a los discípulos; los discípulos se los dieron a la gente» (Mt 14,19). Llama la atención el paralelismo de esta descripción evangélica con las plegarias eucarísticas de la Misa, justo antes de la consagración: «tomó pan, dándote gracias, lo partió y lo dio a sus discípulos» (Plegaria Eucarística II, similar en el resto). Lo mismo sucede en la escena de Emaús, que está justo en frente de este fresco: «Sentado a la mesa con ellos, tomó el pan, pronunció la bendición, lo partió y se lo iba dando» (Lc 24,30). De este modo, Manuel Ortega ha representado los dos lugares del Evangelio fuera de la última cena en que Jesús literalmente realiza ese ritual, que se convertirá en el corazón mismo de la Iglesia, por ser el corazón mismo de cada Misa. Entre las dos pinturas murales queda el altar de la capilla, donde esa cuádruple acción de Cristo (tomar, bendecir, partir y dar), se realizan de modo sacramental en el tiempo. El tercer lugar del relato evangélico lo representa Vazquez Díaz en el imponente relieve de la última cena, que queda en la nave de la iglesia. 

El apóstol de la izquierda, que sostiene la bandeja con los panes, tras la bendición ha entregado el primero de los panes, y levanta descaradamente la cabeza, en una postura casi imposible, para dar gracias a Dios por el milagro que acontece en ese momento.
En segundo plano, vemos que el primer personaje entre la multitud sostiene el quinto pan —en la bandeja del apóstol solo quedan cuatro— con la mirada levantada puesta descaradamente en el Maestro, como admirándose de lo que está sucediendo, y con un corazón agradecido por el don recibido en unas circunstancias en que el hambre hacía ya presencia.

Y el personaje de al lado le está mirando descaradamente como con envidia, y deseoso de hacerse también él con un trozo del preciado don, cosa que hará, sin duda, junto con el resto de cinco mil personas que serán testigos del milagro más crematístico de todo el evangelio, recuerdo del maná con que alimentó Yavéh al pueblo en el desierto, y anuncio del «pan vivo bajado del cielo» que se parte y se reparte sobreabundantemente para alimentar nuestra hambre de Dios.